Relatos de la campaña de Recogida de Alimentos.

Día 1: El gesto que entra por la puerta.

En el almacén hacía frío, pero aquel niño entró con una sonrisa que calentó a todos. Traía una pequeña bolsa en la mano.
—“No es mucho… pero es lo que puedo dar” —dijo, mientras dejaba un paquete de arroz sobre la mesa.
La voluntaria le devolvió la sonrisa.
— “A veces, lo más pequeño es lo más grande”.
Porque cada gesto suma. Cada lata, cada paquete, cada aportación se convierte en un plato lleno, en una oportunidad, en un abrazo que llega sin verse.
Te necesitamos. Ellos nos necesitan, porque muchos pocos, hacen un gran mucho.

Día 2: La pareja del carro azul.

Llegaron despacio, apoyándose el uno en el otro. Un matrimonio mayor, de esos que llevan toda una vida caminando juntos.
Traían un carrito azul, desgastado por los años, pero lleno de alimentos.
— “No podemos hacer mucho… pero sí podemos hacer algo” —dijo ella.
— “Y ese algo hoy puede ser importante para alguien” —añadió él.
Los voluntarios se miraron y vieron en aquellos dos la prueba de que la solidaridad no entiende de edades, solo de corazón.
Lo que tú dones, por pequeño que parezca, puede ser el respiro de una familia.

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Día 3 — El joven de la sudadera roja

Apareció rápido, casi sin querer llamar la atención. Llevaba una sudadera roja y un casco de moto en la mano.
Dejó una bolsa en la mesa con leche, aceite y galletas.
— “Vengo siempre que cobro… a mí de pequeño también me ayudaron” —dijo, bajando un poco la mirada.
La coordinadora le puso una mano en el hombro.
— “Gracias por convertir tu historia en esperanza para otros”.
Porque la solidaridad no siempre se ve, pero siempre se siente.
Tú también puedes ser parte de esa cadena que nunca se rompe.